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10 enero, 2026Después de más de dos décadas ejerciendo la profesión, he sido testigo de una transformación profunda en nuestra forma de trabajar.
Cuando comencé mi carrera, la colaboración entre colegas se limitaba prácticamente a los contactos personales, las recomendaciones en los pasillos de tribunales y las llamadas telefónicas a conocidos de confianza. Hoy, el panorama es radicalmente distinto, y creo que vale la pena reflexionar sobre cómo internet, las redes sociales y la inteligencia artificial están redefiniendo el ejercicio profesional del derecho en Argentina.
La soledad del abogado generalista se terminó
Durante muchos años, uno de los principales desafíos del ejercicio profesional —en particular fuera de los grandes centros urbanos o de los estudios jurídicos multidisciplinarios— fue la soledad del abogado generalista. Enfrentarse a una consulta ajena a la propia especialidad o jurisdicción territorial implicaba un dilema ético nada menor: rechazar el caso y frustrar al cliente, asumirlo sin contar con la experiencia necesaria, o derivarlo sin la certeza de que quedaría en manos realmente idóneas.
Las nuevas tecnologías han comenzado a ofrecer una respuesta eficaz a este problema estructural. Internet no solo revolucionó el acceso a jurisprudencia y doctrina, hoy disponibles en cuestión de segundos, sino que además abrió espacios digitales de encuentro profesional que transformaron radicalmente la forma en que los abogados nos vinculamos entre nosotros.
Hoy es habitual encontrar comunidades virtuales organizadas por especialidad, jurisdicción o tipo de práctica: grupos de WhatsApp, foros de discusión, redes profesionales como LinkedIn y otros ámbitos digitales que permiten identificar y contactar al colega adecuado en horas, cuando antes ese proceso podía demandar semanas —o simplemente no ocurrir—. Esta nueva interconectividad no solo reduce el aislamiento profesional, sino que eleva el estándar ético del ejercicio, al facilitar derivaciones responsables y colaboraciones genuinas en beneficio del cliente.
Ventajas tangibles que ya experimentamos
La tecnología ya nos permite experimentar ventajas tangibles en el ejercicio profesional que, hasta hace pocos años, eran difíciles de imaginar. Hoy un abogado puede especializarse profundamente en un nicho específico sin quedar aislado del resto del ecosistema jurídico: un colega de Neuquén especializado en derecho ambiental minero puede colaborar de manera fluida con un laboralista de la Ciudad de Buenos Aires en un caso complejo que requiera ambas expertises, algo que antes habría demandado meses de búsqueda, referencias cruzadas y una cuota importante de azar.
Hoy un abogado puede especializarse profundamente en un nicho específico sin quedar aislado del resto del ecosistema jurídico.
Actualmente, mediante plataformas digitales y redes profesionales es posible identificar colegas confiables en cualquier punto del país, lo que democratiza el acceso a los casos y permite que abogados de ciudades medianas o pequeñas participen en colaboraciones que históricamente estaban reservadas a grandes estudios de la Capital.
Esta interconexión también se traduce en una capacidad de respuesta mucho más ágil. Las notificaciones en tiempo real, los sistemas de mensajería instantánea y las plataformas especializadas han reducido drásticamente los tiempos de reacción: un cliente con una necesidad urgente ya no debe esperar a que “se consulte con un conocido”, sino que es posible localizar y contactar al profesional adecuado en cuestión de horas.
Finalmente, las herramientas digitales aportan un nivel de transparencia y trazabilidad inédito. Las comunicaciones quedan registradas, lo que protege a todas las partes involucradas, facilita el seguimiento de los acuerdos y mejora la rendición de cuentas. Correos electrónicos, mensajes y sistemas de notificaciones construyen una verdadera memoria institucional que, en el ejercicio tradicional, simplemente no existía.
La inteligencia artificial: ¿amenaza u oportunidad?
No puedo escribir sobre tecnología y derecho sin mencionar el elefante en la habitación: la inteligencia artificial. En mi experiencia, la IA no va a reemplazar a los abogados, pero los abogados que usen IA sí van a reemplazar a los que no la usen.
Herramientas como ChatGPT o asistentes legales especializados ya están cambiando cómo investigamos, redactamos y analizamos casos. La IA puede procesar jurisprudencia en segundos, identificar patrones en resoluciones judiciales, y hasta redactar borradores de escritos que luego podemos pulir con nuestro criterio profesional.
Pero aquí está la clave: la tecnología potencia el juicio profesional, no lo sustituye. Un algoritmo puede analizar mil sentencias, pero no puede captar los matices de un testimonio, leer el lenguaje corporal de un juez en audiencia, o aplicar esa mezcla de experiencia e intuición que desarrollamos con los años para elegir la estrategia legal aplicable a cada caso. La IA es una herramienta extraordinaria, pero sigue siendo eso: una herramienta.
La IA es una herramienta extraordinaria, pero sigue siendo eso: una herramienta.
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Redes sociales: más que autopromoción
Plataformas como LinkedIn, Twitter (hoy X) e incluso Facebook, Instagram o TikTok se han consolidado como espacios profesionales legítimos dentro del ecosistema jurídico. No se trata solo de canales de difusión, sino de ámbitos donde es posible construir reputación, intercambiar conocimiento y generar vínculos profesionales de valor. He visto, especialmente entre abogados jóvenes, cómo el desarrollo sistemático de contenido educativo en redes sociales ha permitido crear y sostener prácticas profesionales completas.
Ahora bien, este potencial exige un uso responsable. Las redes sociales no sustituyen el ejercicio profesional serio, el estudio constante ni la ética que debe guiar cada intervención jurídica. Funcionan como herramientas complementarias, no como atajos. La sobreexposición, la simplificación excesiva de cuestiones complejas, la banalización del derecho o las prácticas de captación de clientes que rozan —o directamente vulneran— los límites éticos son riesgos reales que deben ser advertidos y evitados.
Utilizadas con criterio, las redes pueden fortalecer la profesión y acercar el derecho a la sociedad; mal empleadas, pueden erosionar la confianza pública y desdibujar el rol del abogado. El desafío, una vez más, no es la herramienta, sino el modo en que decidimos utilizarla.
Mi visión personal después de más 24 años de profesión
Sinceramente, creo que estamos viviendo la época más emocionante para ejercer el derecho en Argentina. Las tecnologías digitales no deshumanizan nuestra profesión; la potencian. Nos permiten ser más eficientes, más especializados, más colaborativos y, en última instancia, brindar un mejor servicio a nuestros clientes.
La clave está en adoptar estas herramientas con criterio profesional. No se trata de subirnos a cada moda tecnológica, sino de identificar qué herramientas realmente agregan valor a nuestra práctica y a nuestros clientes.
No se trata de subirnos a cada moda tecnológica, sino de identificar qué herramientas realmente agregan valor a nuestra práctica y a nuestros clientes.
Una plataforma que facilite colaboraciones genuinas entre colegas, un sistema de IA que agilice la investigación jurídica, o una red social que permita intercambiar conocimiento, son inversiones que valen la pena.
Pero nunca debemos olvidar que la tecnología es un medio, no un fin. El derecho sigue siendo una profesión fundamentalmente humana, que requiere empatía, criterio, ética y experiencia. Las mejores herramientas del mundo no reemplazan el juicio maduro de un profesional experimentado ni la responsabilidad que asumimos con cada cliente que confía en nosotros.
Mirando hacia el futuro
¿Hacia dónde vamos? Todo indica que hacia una integración tecnológica cada vez mayor. Audiencias virtuales y expedientes judiciales plenamente digitales que ya hemos normalizado desde la pandemia, sistemas de inteligencia artificial cada vez más sofisticados y plataformas de colaboración profesional más sólidas y especializadas forman parte de un proceso que ya está en marcha y no tiene retorno.
Mi convicción para el futuro cercano es clara: debemos abrazar la tecnología, pero nunca a costa de la ética ni del criterio profesional. El objetivo no es convertirnos en abogados simplemente más rápidos, sino en mejores abogados.
Debemos abrazar la tecnología, pero nunca a costa de la ética ni del criterio profesional. El objetivo no es convertirnos en abogados simplemente más rápidos, sino en mejores abogados.
Abogados más precisos, más informados y más capaces de construir redes de colaboración efectivas, porque ningún profesional, por más experimentado o brillante que sea, puede saberlo todo ni estar presente en todas las jurisdicciones.
También es importante transmitir un mensaje claro a los clientes que puedan leer estas líneas: un abogado que reconoce los límites de su especialidad o de su alcance territorial y recurre a la colaboración profesional no es un abogado débil, sino uno responsable y ético. Hoy la tecnología nos permite identificar con rapidez al colega adecuado para cada situación, y eso redunda directamente en una mejor defensa de los intereses del cliente.
Las nuevas tecnologías no alteran la esencia del derecho, pero sí transforman de manera profunda la forma en que lo ejercemos. Y desde mi perspectiva, después de más de dos décadas de profesión, esa transformación es una oportunidad y un motivo fundado de optimismo.
Queda, por supuesto, mucho trabajo por delante. La brecha digital, las desigualdades de acceso y la necesidad de capacitación continua son desafíos reales que deberán abordarse desde los colegios profesionales, las asociaciones y, sobre todo, desde una renovada cultura de colaboración entre colegas. El camino no está terminado, pero por primera vez contamos con herramientas que nos permiten recorrerlo mejor acompañados.
Responsable del artículo:
Dr. Lucas Matías Vilaplana, ABOGADO, Matriculado activo en el Colegio de Abogados del Departamento Judicial de San Isidro desde el año 2001 y en el Colegio Público de Abogados de la Capital Federal desde el año 2002. Titular de Estudio Vilaplana Abogados.

